Sabemos lo que comemos ¿Pero sabemos de dónde viene?

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Dedicar una tarde entera a descifrar las etiquetas de los alimentos se ha convertido en una práctica rutinaria. Cada vez que vamos a hacer la compra, podemos pasarnos varios minutos delante de una estantería leyendo e intentando descifrar qué significa cada término. Y no os culparíamos si esta situación llega a desesperaros porque ante la frustante comparación de los ingredientes, los precios o la información nutricional entre paquetes que, a simple vista, parecen contener exactamente lo mismo, hay una pregunta que rara vez nos hacemos y es: ¿de dónde viene realmente lo que estamos metiendo en el carro?

Es lógico que, de primeras, no se nos pase por la cabeza. Al fin y al cabo, somos el último eslabón de un proceso mucho más largo y, cuando llegamos al supermercado, todo se nos presenta en su mejor versión: perfectamente ordenado en el lineal, limpio y listo para llevar a casa. Las lentejas, empaquetadas y sin una mota de polvo; las alubias cocidas, dentro de su bote de cristal; y los garbanzos, en fila india, impecables.

La realidad es que, por muy eficiente y útil que sea todo este proceso para nosotros como consumidores, también ha puesto cada vez más distancia entre lo que comemos y el lugar del que viene. Al tener los alimentos siempre a nuestra disposición, pocas veces nos paramos a pensar en su origen. Simplemente confiamos en que, cuando volvamos al supermercado, estarán ahí.

Y ahí está la paradoja de la vida moderna: nunca habíamos tenido tantas etiquetas pegadas a la comida y, al mismo tiempo, nunca habíamos sabido tan poco sobre cómo se produce.

Entonces, ¿cómo sabemos de dónde viene lo que compramos?

Vale, ya hemos asumido que quizá sabemos mucho de etiquetas y poco de campo. La siguiente pregunta es bastante más útil: ¿qué podemos hacer la próxima vez que vayamos al supermercado?

No hace falta convertirse en detective ni pasar media hora con la nariz pegada al envase. En realidad, basta con saber dónde mirar.

Guía rápida para que no te la cuelen con el origen

1. Busca las siglas DOP e IGP

Son probablemente la pista más sencilla. Las menciones Denominación de Origen Protegida (DOP) e Indicación Geográfica Protegida (IGP) identifican productos vinculados a una zona geográfica concreta y sometidos a unas condiciones específicas de producción. En legumbres encontramos ejemplos como la Lenteja de La Armuña, el Garbanzo de Fuentesaúco o la Alubia de La Bañeza-León. Si ves uno de estos sellos, no estás ante una simple referencia al lugar de envasado dado que existe un vínculo reconocido entre el producto y ese territorio.

2. Mira bien dónde pone “origen”

Aquí conviene ir directamente al reverso del envase. Lamentablemente, en España no cultivamos tantas legumbres como necesitamos y, por eso, en ocasiones tenemos que recurrir a las importaciones. Que en una bolsa aparezca “Envasado en España” no significa que la legumbre se haya cultivado en España. Quiere decir, sencillamente, que se ha envasado aquí.

Por eso hay que buscar la indicación que especifica el origen del producto. No es lo mismo dónde se produce que dónde se mete en una bolsa. Y esta diferencia, que puede parecer pequeña, cambia bastante la información que estamos leyendo.

3. No confundas el código de barras con el origen

El código de barras puede darnos alguna pista sobre la empresa que comercializa un producto, pero no sirve por sí solo para saber dónde se ha cultivado. Así que ese famoso 84 que aparece en muchos códigos españoles no significa que esa lenteja haya crecido en España. Nos habla del registro de la empresa, no del lugar donde se sembró. Para saber eso, hay que volver a mirar la etiqueta. No basta con mirar que el envase parezca español; hay que comprobar de dónde viene realmente lo que hay dentro.

La distancia también cambia nuestra forma de mirar la comida

Hoy podemos pasar buena parte de nuestra vida bastante lejos de los lugares donde se producen los alimentos que comemos. Es una consecuencia lógica de cómo han cambiado nuestra forma de comprar, de producir y de alimentarnos, pero también ha creado una distancia cada vez mayor entre quienes cultivan los alimentos y quienes terminamos poniéndolos en el plato.

Sabemos qué estamos comprando, pero no necesariamente quién lo ha producido, dónde ha crecido o todo el trabajo que ha hecho falta para que llegue hasta nosotros. Por eso, interesarnos por el origen de un alimento no consiste únicamente en localizar un punto en un mapa. También es una forma de acercarnos un poco más a quienes siguen cultivándolo y de entender el trabajo que hay detrás de algo que para nosotros puede parecer tan sencillo como abrir un paquete de lentejas.

Quizá deberíamos mirar un poco más atrás

Vivimos en una época en la que nunca habíamos estado tan conectados ni habíamos tenido tanto acceso a la información. Podemos saber qué ingredientes contiene un alimento, cuántas calorías tiene o cuánto pesa con solo mirar su etiqueta. Y, sin embargo, cada vez sabemos menos sobre algo tan básico como de dónde viene nuestra comida.

La distancia entre la tierra y nuestra mesa se ha hecho tan grande que muchas veces conocemos mejor la información que aparece en un envase que la historia que hay detrás de él. Sabemos leer etiquetas, pero no siempre sabemos leer el paisaje.

Y quizá por eso merezca la pena recuperar algo tan sencillo como la curiosidad. Preguntarnos dónde se ha cultivado un alimento, quién lo ha producido, qué relación tiene con el territorio del que procede y qué ocurre en ese campo mucho antes de que llegue a nuestras manos.

La alimentación es una parte fundamental de nuestra vida. Pero para entenderla mejor, quizá también tengamos que volver a mirar hacia fuera: hacia la tierra, hacia el campo y hacia la naturaleza de la que, al fin y al cabo, procede todo lo que comemos.