La comida de verdad no tiene filtro de Instagram

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Esta semana hemos subido a redes una imagen sencilla: una sartén manchada, lentejas salpicando la vitrocerámica y una cocina que claramente había sido utilizada. Es decir, la representación más honesta posible de lo que significa cocinar.

Nada de encimeras impecables o de composiciones milimétricas ni platos que parecen concebidos más para una portada editorial que para ser comidos. Solo una receta a medio terminar y el inevitable caos que deja detrás cualquier comida hecha con ganas y hambre.

Hemos normalizado una versión impeclabe de la realidad, convirtieno la comida en contenido visual antes que en experiencia. La fotografiamos, la editamos, la iluminamos y, en muchos casos, terminamos consumiéndola primero con los ojos y después, si acaso, con el apetito.

¿A dónde ha ido a parar el arte de cocinar por placer? ¿Por qué ahora todo tiene que ser «bonito» antes que bueno? Nos hemos obsesionado tanto con la quinta toma, con el ángulo perfecto y con esconder el proceso, que hemos terminado por deshumanizar el acto más ancentral que existe.

La cocina cotidiana rara vez es perfecta. Se parece más a improvisar una cena un martes cualquiera. A remover un guiso mientras suena algo de fondo. A probar sobre la marcha. A cortar demasiado deprisa y acabar utilizando más utensilios de los previstos. A una sartén que termina hecha un desastre porque alguien decidió cocinar de verdad en lugar de simplemente montar una escena.

Cocinar legumbres, por ejemplo, es un proceso lento, húmedo y, a veces, visualmente caótico. Pero es ahí, entre el vapor y el desorden, donde ocurre la magia. Son ingredientes vinculados a la rutina, a las recetas heredadas, a los platos que llenan más de lo que aparentan. Unas lentejas no suelen parecer espectaculares en una fotografía y, sin embargo, siguen siendo una de las comidas más sensatas, completas y reconfortantes que existen.

Por eso hoy cómprate ese bote de legumbres y experimenta en la cocina porque si lo piensas muchas veces las mejores comidas son precisamente aquellas que nunca habríamos pensado en subir a Instagram.

La comida de verdad, casi siempre, deja huella en la cocina antes que en el feed.